José Ignacio, 6AM, 2016
Camellos
Pensé en los demonios y los desperté, casi.
Se agitaron en su sueño como niños,
pero la mañana en calma los serenó.
La mañana perfecta.
Ahora todo está en paz, aunque ya me voy.
Es el último día acá.
Sentado en la silla sostengo mi café.
Sentado en la silla leo camellos,
entre las plantas de mi padre
y los pájaros de mi corazón.
Perros
Sobre el camino viejo hecho impaciencia,
sobre el vértice rápido de envejecer,
sobre mi puente entre dos mares
y mis restos de arenas rebeldes,
mis ojos estaban sentados en su lugar.
Y mi corazón pasó caminando por el horizonte
como un perro ajeno, pero tranquilo.
Cangrejos
Estas palabras son huella del mar de fondo.
Una ola profunda que cruzó la eternidad
desde el inicio del tiempo hasta su inexistencia
y ahora se choca con esta roca de pensamiento
de la que soy cangrejo.
Y el cangrejo bebe su espuma, hermosa y perfumada,
insustancial e inexplicable.
Y el tiempo que sin existir, ya pasó,
sigue yéndose.
Árboles
Pero no tengan miedo, es solo un remolino
y en esta existencia intangible, tenemos compañía.
Hasta yo, en el centro de mis preguntas sin palabras,
y de todas mis palabras con corazón,
estoy, al fin y al cabo, sentado tranquilo,
viendo el sol salir entre los árboles, esperando sin esperar.
A que lleguen y hagamos comida, o canciones,
A que demos el primer paso de un viaje con amigos.
Gotas
Gotas de la niebla que ya se fue caen del techo mientras el sol (que se levanta como la vida que vendrá) trae premoniciones del movimiento afiebrado que llegará con el viento del este, en un rato. Mi familia duerme detrás de paredes y ventanas. Detrás de cortinas corridas, como decisiones mías. Los pequeños (cangrejitos de sus propias rocas) están bien.
Hay un círculo de agua de la gotera en las piedritas de la entrada, donde en un rato van a jugar, y reirse, y pegarse en una rodilla, y enojarse un rato. Para entonces el sol va a haber secado el agua. Para entonces van a ser grandes, y yo viejo. Y dentro de un par de aviones ya no existiré.
Pero seré otro: este mismo remolino del otro lado de alguna roca. Este mismo cangrejo hecho de otras patas y pinzas. En otros mundos, que son este y ninguno. Siempre el de adentro, viendo para afuera por otros cristales, tal vez.
Montañas
Ya empecé a emborracharme con palabras y se me escapó un poco la mañana santa. El silencio se convirtió en un camión ruidoso, con gente ocupada en otras cosas.
No pasó nada en realidad, pero sentí crujir el carrito en el que estoy sentado y en mi estómago se despertó la ansiedad de recordar cómo funciona una montaña rusa. Porque estos momentos de calma sobre el mundo parecen eternos, pero son fugaces. Y la calma es el perfume del vértigo que ya viene.
Pero aún así: todo lo que emborracha abre puertas. Y las palabras que hablan de paz, también la construyen. Y para mí que esa es la vida: el cangrejo hace al remolino, y su roca hace al mar.